Lo que une y lo que separa

Almorzamos sentados frente a Santiago, a las 4 de la tarde, con la calma que da una tarde febrero y una capital andando a media máquina sofocada por las altas temperaturas y un verano agotador. Sumábamos además varios días de carrete gracias a las buenas alternativas del mundo queer santiaguino. Él venía del sur, de un pueblo más abajo de Los Ángeles, una de las tantas tierras lindas de Chile. Comíamos lo mismo, un poco de ensalada de lechuga y tomate porque era lo que aguantaba y necesitaba el estómago. No hacíamos mucho ruido, de fondo sonaban canciones con ritmo de pop y rap.

Había distancia entre nosotros, no solo el anuncio de los próximos días en que supuestamente no nos veríamos más, sino también la experiencia de un pasado que, a distintas edades, nos había puesto en lugares distintos. Él, con menos de 20 años, llevaba consigo la calma de las praderas llovidas de la novena región, el sol en su cara, la mirada tranquila y confiada y una sonrisa de esas que cuesta encontrar. Yo, con 7 años más, probablemente a su edad era muy parecido. "Con el tiempo las cosas se invierten", me comentó mi amigo después, mientras yo recordaba todo lo que había pasado desde ser un jovencito ingenuo e ilusionado a un tipo práctico y cada vez menos idealista con el tiempo. Sin contar con todas las experiencias sexuales que van martillando hasta el cansancio esa antigua creencia en el amor ciego.

"No nos vamos a ver nunca más" le dije con un tono que dejaba la intención de pregunta en el aire. Él respondió con toda la calma que le falta a quien por los apuros de la ciudad no mira mucho más allá: "No. No lo sé, uno nunca sabe las vueltas que da la vida".

Después de dejarlo en la estación de Metro Universidad Católica comencé a escribir otra entrada más de este blog, hablé con la Pepa y Daniel para pedirles una opinión y decidí hacerles caso. Ellos me espetaron además varias opiniones más lapidarias sobre este amigo especial y me hicieron ver cosas que yo sospechaba pero no había visto. Tratando de llegar a una conclusión comprendí que hay cosas que por madurez es mejor dejarlas así y cuando el ambiente se llena de preguntas no es de tonto detenerse un poco para ver con qué certeza se sigue adelante.

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