Besos con sabor a vodka

El vodka que horas y días antes era algo así como un pretexto, esta vez era el agua en la que flotaban los misterios más universales, los miedos más negros, las sombras más oscuras, la atracción y confianza más insospechadas y bellas, la felicidad más humana y el gusto más visceral. "Me gustan tus besos con sabor a vodka", dijo uno de los chicos, y con esa frase el otro sintió que le sintetizaban la existencia.
Nadie les había enseñado que cuando uno respira se recogía en la aspiración el recuerdo futuro, pero ellos respiraban como si estuvieran construyendo recuerdos para perdurar quién sabe cuánto tiempo. En esta historia los dos protagonistas se besaron frente a esa ventana en la que la ciudad de Santiago parecía querer seducir con sus luces y sus sombras, y ellos, con nada que pensar, descubrieron sus vidas allí para nacer de nuevo.
No pudieron despegarse sino dentro de varias horas, subiéndose a una nube sin saber si los llevaría muy lejos aunque no bajaban la vista del horizonte. "Es el niño que me gusta", decía uno, y esas palabras fueron como echar a correr los dados. El otro asentía viendo si los dados no se caían de la mesa, con la evidente felicidad por verlos correr.
Dicen que cuando se despegaron el recuerdo los persiguió y uno de ellos incluso se preguntó por el destino, pero claro, cuando se quiere estar más allá del bien y del mal no hay historia verdadera que se pueda contar y que dure menos que una vida. El caso es que, en esta historia, cuando sus vidas estaban corriendo comenzaron a construir recuerdos sin querer queriendo, y a pensar en un presente vestido de futuro, o eso que pasa cuando el tiempo pasa sin que nos preocupemos más por lo que dejamos atrás.

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