El día que dejé de amar en Santiago
Santiago está lleno de fantasmas para mí. Tantos que a veces me dan ganas escapar, aunque son esos mismos recuerdos los que hacen que me guste esta ciudad. Estas veredas las he recorrido en todas direcciones. Desde el cine Hoyts del paseo Huérfanos he salido llorando un par de veces. Las dos veces por amor; la primera injustamente, la segunda ingenuamente. Con el tiempo superé todas esas cosas, pero las calles siguen ahí. Desde la última vez que terminé recuerdo en cambio mis caminatas por el paseo Ahumada, acompañado. Nunca volverá a pasar por ahí mi inocencia. Porque una calle con recuerdos es como perder la inocencia, nunca más pensarás que los lugares están solo porque sí.
Con uno de esos fantasmas me levanté hoy, un día nublado, atrasado para llegar junto al cerro Santa Lucía a recoger a una visita de esta ciudad. Me levanté pensando en una frase que había leído escrita por mi último ex en Messenger. Y aunque hay cosas que para los no-enamorados son obvias, mientras me duchaba comprendí que yo no era el destinatario y que las personas se van de nuestras vidas cuando quieren. Lo borré de la lista de contactos mientras recordaba cuándo fue la última vez que había dejado de amar a alguien y si me podría pasar nuevamente. Entonces otro fantasma se me apareció para que me diera cuenta de que, a ese, le había dejado de amar ya y no me había dado ni cuenta.
Hoy es el día en que descubrí que dejé de amar en Santiago. Liberado de esa responsabilidad caminé por varias calles del centro haciendo de guía turístico, de sicólogo personal, de terapeuta y entonces me di cuenta exactamente de lo que tenía que hacer. Hoy no quería más de esos ojos que no ven y corazones que no sienten. El paso de los días tendrían que ayudar en algo. Hoy en cambio todo sería sublime, hoy había dejado de amar y, por consecuencia, a mis 26 años no era tarde para todo lo que venía. Y la verdad es que no me equivocaba. Al anochecer la voz de mi nuevo artista favorito me llamó como no me habían dicho antes: “Amor”. Miré las luces de los automóviles pasar por Diagonal Paraguay y sentí como la vida seguía su curso.
Con uno de esos fantasmas me levanté hoy, un día nublado, atrasado para llegar junto al cerro Santa Lucía a recoger a una visita de esta ciudad. Me levanté pensando en una frase que había leído escrita por mi último ex en Messenger. Y aunque hay cosas que para los no-enamorados son obvias, mientras me duchaba comprendí que yo no era el destinatario y que las personas se van de nuestras vidas cuando quieren. Lo borré de la lista de contactos mientras recordaba cuándo fue la última vez que había dejado de amar a alguien y si me podría pasar nuevamente. Entonces otro fantasma se me apareció para que me diera cuenta de que, a ese, le había dejado de amar ya y no me había dado ni cuenta.
Hoy es el día en que descubrí que dejé de amar en Santiago. Liberado de esa responsabilidad caminé por varias calles del centro haciendo de guía turístico, de sicólogo personal, de terapeuta y entonces me di cuenta exactamente de lo que tenía que hacer. Hoy no quería más de esos ojos que no ven y corazones que no sienten. El paso de los días tendrían que ayudar en algo. Hoy en cambio todo sería sublime, hoy había dejado de amar y, por consecuencia, a mis 26 años no era tarde para todo lo que venía. Y la verdad es que no me equivocaba. Al anochecer la voz de mi nuevo artista favorito me llamó como no me habían dicho antes: “Amor”. Miré las luces de los automóviles pasar por Diagonal Paraguay y sentí como la vida seguía su curso.


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