Post-Terremoto (1): Las reglas a veces son buenas
Hace una semana, en el piso 19 del centro de Santiago, comencé a sentir el ruido de los edificios moviéndose y el vaivén brusco, sorpresivo y saltón de un nuevo terremoto en la capital de Chile después de 25 años. Todos quedamos bastante golpeados y mis palabras aún deben acusar el pesar por tanta desgracia que quedó regada en varias regiones producto del remezón que botó todo lo que pudo. No fue tanto en Santiago, ciudad que pudo haberse caído a pedazos como otras que si sufrieron en el sur.
No puedo acá explicar un fenómeno que trajo tanta tragedia para tanta gente, no tengo vocación de predicador, pero puedo decir sí que en la capital es fácil olvidarse de la naturaleza. Uno tiende a creer que los árboles siempre pueden ser podados, que el plátano oriental solo es una maldición y que las palomas solo son ratones con alas. La naturaleza nos ofrece a cambio de ese orden la aventura del azar, el instinto y su equilibrio. El azar hizo que me librara de pasar el terremoto en medio de un club openminded con escazas salidas de emergencia y en lugar de eso estar en ese departamento, vestido y relajado, acompañado además por el buen amigo Diego que sabría exactamente qué hacer cuando en el horizonte parecía que todo Santiago sonaba, que los destellos se convertirían en el día del juicio final y que mi gato salía arrancando hasta el lugar más despejado de la terraza.
Confieso que hubiese llorado si se destruía gran parte de la ciudad. Un terremoto ha de ser lo más parecido a una guerra, ambas cosas para las cuales nunca se está completamente preparado. Por suerte habían reglas que decían que los edificios debían construirse de cierta forma. Suerte que los constructores del mío habían cumplido con ellas. Eso le dije a Matías cuando vino a casa para decirme que se había hecho recién el examen de VIH y otras enfermedades de transmisión sexual. Él, que había tenido una intensa relación hace varios años, cuando nos conocimos, hoy había caído en el vaivén, en otro, de las relaciones sexuales fugaces, de las visitas cama a cama a razón de tres hombres por semana.
En Santiago a veces la soledad te nubla los ojos. Y aunque sea una ciudad tan grande hay pequeños grupos de extraña confianza. Matías estaba seguro que ya tenía VIH antes de hacerse el examen y yo trataba de convencerlo de que no sería esa su sentencia de muerte, que un infectado por VIH no tiene porque enfermarse más y un largo etcétera. El había estado tantas veces usando de esa "extraña confianza" del sexo express que contaba con varios condones rotos y las más desvergonzadas prácticas en su expediente. Tenía miedo y sentirse usado u "objeto" fueron tópicos recurrentes en nuestra conversación. Él estaba triste. Yo también.
Varios días después una conversación, cuando aún sonaban las réplicas del terremoto, me explicaría todo. Esta mujer, Diana, estaba enojada porque yo le hice cruzar la carretera saltando las barreras de contención. El terremoto había destruido todos los cruces "legales" y a regañadientes aceptó infringir la norma. No quedaba otra, entonces me dijo que a ella no le gustaba romper las reglas. Para ganarme su confianza le conté esta historia sobre el VIH y me confesó en el bus que había dejado a su pololo por promiscuo. Que en otro momento lo podría haber aguantado pero que hoy ella ya sabía los riesgos que quería correr y asumir. Ese no era uno de ellos.
Con Diana compartí mis conocimientos sobre enfermedades de transmisión sexual y datos a la hora de hacerse el examen. Y no puedo menos que concluir en este caso que me daría la misma pena ver agrietada de esa forma la vida de un amigo. ¿Será que son buenas las reglas? Diana me decía que ella misma las eligió y no puedo estar más de acuerdo. Son cuando más útilmente se comportan. Gracias a Dios Santiago fue parte de la misma lógica y los que no han seguido sus reglas de construccion de edificios hoy por lo menos deberán pagar los costos de no haberlas seguido. Lo triste es que, como en la naturaleza, a veces hay quienes tienen que sufrir las consecuencias ¿Sin merecerlo? No lo sé. Quizás es solo parte del azar de nuestra naturaleza.
Confieso eso sí que no quería pensar mucho en la naturaleza mientras esperaba el resultado de Matías, si ganaría el instinto, el azar o el equilibrio. Hay cosas que aunque sepas que están ahi simplemente no te las esperas, hasta que llegan.
No puedo acá explicar un fenómeno que trajo tanta tragedia para tanta gente, no tengo vocación de predicador, pero puedo decir sí que en la capital es fácil olvidarse de la naturaleza. Uno tiende a creer que los árboles siempre pueden ser podados, que el plátano oriental solo es una maldición y que las palomas solo son ratones con alas. La naturaleza nos ofrece a cambio de ese orden la aventura del azar, el instinto y su equilibrio. El azar hizo que me librara de pasar el terremoto en medio de un club openminded con escazas salidas de emergencia y en lugar de eso estar en ese departamento, vestido y relajado, acompañado además por el buen amigo Diego que sabría exactamente qué hacer cuando en el horizonte parecía que todo Santiago sonaba, que los destellos se convertirían en el día del juicio final y que mi gato salía arrancando hasta el lugar más despejado de la terraza.
Confieso que hubiese llorado si se destruía gran parte de la ciudad. Un terremoto ha de ser lo más parecido a una guerra, ambas cosas para las cuales nunca se está completamente preparado. Por suerte habían reglas que decían que los edificios debían construirse de cierta forma. Suerte que los constructores del mío habían cumplido con ellas. Eso le dije a Matías cuando vino a casa para decirme que se había hecho recién el examen de VIH y otras enfermedades de transmisión sexual. Él, que había tenido una intensa relación hace varios años, cuando nos conocimos, hoy había caído en el vaivén, en otro, de las relaciones sexuales fugaces, de las visitas cama a cama a razón de tres hombres por semana.
En Santiago a veces la soledad te nubla los ojos. Y aunque sea una ciudad tan grande hay pequeños grupos de extraña confianza. Matías estaba seguro que ya tenía VIH antes de hacerse el examen y yo trataba de convencerlo de que no sería esa su sentencia de muerte, que un infectado por VIH no tiene porque enfermarse más y un largo etcétera. El había estado tantas veces usando de esa "extraña confianza" del sexo express que contaba con varios condones rotos y las más desvergonzadas prácticas en su expediente. Tenía miedo y sentirse usado u "objeto" fueron tópicos recurrentes en nuestra conversación. Él estaba triste. Yo también.
Varios días después una conversación, cuando aún sonaban las réplicas del terremoto, me explicaría todo. Esta mujer, Diana, estaba enojada porque yo le hice cruzar la carretera saltando las barreras de contención. El terremoto había destruido todos los cruces "legales" y a regañadientes aceptó infringir la norma. No quedaba otra, entonces me dijo que a ella no le gustaba romper las reglas. Para ganarme su confianza le conté esta historia sobre el VIH y me confesó en el bus que había dejado a su pololo por promiscuo. Que en otro momento lo podría haber aguantado pero que hoy ella ya sabía los riesgos que quería correr y asumir. Ese no era uno de ellos.
Con Diana compartí mis conocimientos sobre enfermedades de transmisión sexual y datos a la hora de hacerse el examen. Y no puedo menos que concluir en este caso que me daría la misma pena ver agrietada de esa forma la vida de un amigo. ¿Será que son buenas las reglas? Diana me decía que ella misma las eligió y no puedo estar más de acuerdo. Son cuando más útilmente se comportan. Gracias a Dios Santiago fue parte de la misma lógica y los que no han seguido sus reglas de construccion de edificios hoy por lo menos deberán pagar los costos de no haberlas seguido. Lo triste es que, como en la naturaleza, a veces hay quienes tienen que sufrir las consecuencias ¿Sin merecerlo? No lo sé. Quizás es solo parte del azar de nuestra naturaleza.
Confieso eso sí que no quería pensar mucho en la naturaleza mientras esperaba el resultado de Matías, si ganaría el instinto, el azar o el equilibrio. Hay cosas que aunque sepas que están ahi simplemente no te las esperas, hasta que llegan.


La relación entre reglas y las consecuencias de saltar estas, me gusta, creo que perdí un poco en un momento el sentido de la comparación, pero al final me quedo mas que claro. "... Lo triste es que, como en la naturaleza, a veces hay quienes tienen que sufrir las consecuencias ¿Sin merecerlo? No lo sé..."
ResponderEliminarLo mas probable es que lo sepas, es estar conscientes no? cuando alguien toma el camino de la promiscuidad, olvidando las "reglas básicas" es obvio que no deja al azar su futuro, lo marca de tal forma en que al final tendrá que hacerse cargo de las consecuencias de su decisión. O por el contrario los "precavidos" paran su futuro incierto antes de tener que lamentarlo y eso somos no? vamos por la vida teniendo errores y aciertos y probablemente lo que se nos quiere mostrar tarde o temprano llega, en su debido tiempo Y culpamos a la vida de ser tan dura, pero no lo creo así, que tiene formas crueles muchas veces de darnos lecciones, si.
creo que por eso me llama tanto la atención cuando Virginia Woolf dice en su autobiografía:
"... Hay que mirar la vida de frente y conocerla por lo que es, amarla por lo que es... es el derecho de todo ser humano..." que mas claro... En un país donde esperamos que todo sea lo mas fácil posible, en el que colapsamos si alguien es frontal y apático y donde esperamos que ocurra una catástrofe para ayudar al que mas lo necesita, no podemos pretender que exista una claridad frente a todas nuestras decisiones...